Ciencia y ficción, ¿ciencia-ficción?

Una de las ventajas del Open Access es la posibilidad de descubrir, gracias al azar de una búsqueda, auténticas joyas académicas. Una de ellas es el artículo “Entre ficción y ciencia: El uso de la narrativa en la enseñanza de la ciencia”, de Andrea Chapela.

Lo que plantea Chapela lo resume a la perfección el título: el empleo de la narrativa en la enseñanza de las ciencias. Claro que, antes, nos hace dudar de la verdad de lo que nos va a contar, al mencionar el componente de ficción que suele tener el discurso narrativo: al fin y al cabo -pensaremos- a la hora de acceder a la universidad no nos van a pedir que expliquemos cómo funcionaba la máquina del tiempo, la de la novela de Wells, sino que resolvamos un problema real de física o demos cuenta de las propiedades de un átomo de hidrógeno.

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Ciencia y ficción, ¿ciencia-ficción?

Assange, holograma 3D: la narración y la creatividad

Creo que fue a fines de septiembre cuando leí la noticia: Julian Assange, refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, acababa de dar una conferencia sobre tecnología en Estados Unidos. No tardé mucho en tuitear un “¡Genial!”, junto con los enlaces a las imágenes y vídeos que probaban la verdad del hecho.

Lo sorprendente es que Assange no había salido de Londres, y menos aún de la embajada; y, sin embargo, se le veía muy a gusto contestando parloteando en Massachusetts, sentado en una silla igual a la de su acompañante. ¿Bilocación? Sí y no: sí, porque nuestro personaje estaba en dos lugares al mismo tiempo; no, porque, como en los espectáculos de magia, la desobediencia a las leyes de la física tenía truco. La comprensión del fenómeno, por tanto, recluía mi sorpresa a los primeros momentos.

Y, sin embargo, la expresión que se me escapó fue: “¡Genial!”. Y es que no estaba pensando en la bilocación, sino en la creatividad. El truco empleado era, nada más y nada menos, el holograma: una realidad ficticia a la que mi generación se acostumbró a bordo de las naves interestelares de Star Wars. Ficticia porque, a pesar de que sus orígenes se remontan a la mitad del siglo pasado, hasta hace relativamente poco habitaba, tal y como la imaginamos, en un relato. Real, porque, a pesar de no escapar aún de la proyección desde una pantalla (por algo el acompañante mira al suelo de vez en cuando), el truco parece funcionar. Vislumbro en esto la primacía de la imaginación y de la narración sobre la técnica: al fin y al cabo, ambas comparten la palabra invención.

La pregunta que ahora me hago es: ¿ocupa la narración por derecho propio un lugar privilegiado en el proceso educativo? Yo pienso que sí. Porque la narración, la invención de historias, nos hace dueños del espacio y del tiempo, al convertirlos en campo en el que jugar a provocar encuentros creativos, de los que surjan multitud de posibilidades.

Son estas, como ves, pocas líneas como para profundizar en el fenómeno narrativo en relación con la educación. Insuficientes, incluso, para mencionar otras dos fuentes de conocimiento y creatividad: la poesía y la metáfora. Pero espero que hayan servido para presentarme ante ti como un holograma e iniciar una conversación que rompa los límites cotidianos del tiempo y del espacio.

Assange, holograma 3D: la narración y la creatividad

Permiso para jugar

Origen: https://www.flickr.com/photos/alter_nati_va/3345045723/in/photostream/
Origen: https://www.flickr.com/photos/alter_nati_va/3345045723/in/photostream/

Un profesor de secundaria o de bachillerato pasea por el patio durante el recreo de los más pequeños. Se para y observa el comportamiento de los niños. Entonces, sin que se dé cuenta de ello, surge la comparación con los propios alumnos, los más mayores.

Lo primero que le llama la atención es el entusiasmo con el que juegan: parece como si canalizaran todas sus energías en la tarea que están llevando a cabo: en la persecución del ladrón que se escapa, en la línea imaginaria y la distancia que tiene que recorrer la canica, en el intento de que una nave espacial figurada recupere el control tras el impacto sufrido. Tienen mucha imaginación: no solo por recrear el espacio intergaláctico o vestirse a sí mismos con un inexistente uniforme de policía, sino por ser capaces, como esos otros niños de más allá, de convertir el arenero en un mundo de fantasía que los ojos del adulto no pueden contemplar.

Al profesor le llama la atención también la espontaneidad con que nace la interrelación entre los niños: claro que surgen entre ellos problemas de convivencia, pero se pueden resolver. Una de las maneras es revisar juntos el relato. Y es que los niños, con frecuencia, integran el juego en una historia de la que ellos son protagonistas activos: de ahí lo oportuno que resulta a veces mostrarles cómo en el relato de esa historia todo el mundo tiene su lugar.

En ese campo de juegos, es el propio niño el que se lanza a la aventura de observar y de explorar, pero también de encontrar oportunidades en un objeto y transformarlo: el niño es capaz de convertir cualquier piedrecita o cualquier palo en un instrumento. No solo es un incipiente científico, sino un hábil tecnólogo. Lo único que necesita es permiso.

Permiso: porque, más allá de la educación infantil y de los primeros años de educación primaria que nuestro profesor ha contemplado, el juego desaparece de muchas instituciones educativas o es restringido, bajo estricta vigilancia por parte de los profesores, al momento del recreo. Cuando encuentra cabida en el horario de clases, suele ser como mero recurso motivador, porque los alumnos están cansados o aburridos, o simplemente para romper con la rutina.

Dar permiso para jugar supone conocer o, al menos, presentir las potencialidades educativas que encierra un campo de juegos. Implica, además, asumir el papel protagonista del alumno en la acción, su capacidad de aprender y desarrollarse, y los logros que se pueden alcanzar cuando se da la posibilidad de convivir, interactuar e incluso competir sanamente.

Y como el protagonista, el que actúa, es el niño, dar permiso para jugar supone un riesgo, un cambio de mentalidad y de costumbres –de ethos–, una exigencia de que el propio profesor se forme para hacer frente a esta realidad tan olvidada… ¡y tan imprevisible a veces!

Permiso para jugar