¿Enseñar la realidad? Mejor, manipular

La realidad es tozuda. Quizás porque es lo único que hay. Quizás porque es como es, y tiene sus normas.

Esto lo saben muy bien los que se dedican a las ciencias positivas y a la técnica. No se puede atornillar un tornillo con un martillo, ni medir un átomo con una cinta métrica. Tampoco mandar una sonda a Marte decidiendo a capricho que dos más dos son cinco.

Y, sin embargo, parece como si en este momento de la historia que nos ha tocado vivir, nos empeñáramos en que somos como no somos, resultado de un cálculo cuyas reglas escogemos a capricho.

Lo preocupante no es esto. Al fin y al cabo, cada cual es muy libre de pensar lo que nuestro corto intelecto nos permite. Pero esto no justifica que los demás estemos obligados a seguirle en su desvarío.

Curiosamente, esto es lo que parece imperar en las aulas: la realidad que estudiamos en ciencia como las matemáticas o las ciencias físicas exige la búsqueda de la exactitud: o sea, respeto por esa realidad; sin embargo, la que se estudia en las ciencias humanas es pluriforme, cambiante, huidiza.

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Ya se ve que enseñar esto -lo pluriforme, cambiante y huidizo- acaba reduciéndose a enseñar lo que al profesor le viene en gana: al fin y al cabo, si no puedo enseñar nada, enseño lo que quiero. Y, sin embargo, el profesor suele ser una buena persona, bienintencionada, que solo quiere lo mejor para sus alumnos. Por eso sería más exacto decir que se acaba enseñando lo que a quien detenta el poder le interesa. Por ejemplo, concepciones del ser humano que sometan a los alumnos, futuros adultos, a las férreas cadenas de la mentira, de la desunión -¡faltaría más!, no vaya a ser que los ciudadanos se organicen y empiecen a pensar por su cuenta- o de ese afán de consumo que tan bien les viene a las multinacionales.

-Así que, amigo mío -y perdona que use una palabra tan gastada como “amigo”-, ¿qué tal si fomentamos un poco el instinto -mejor dicho, consumo- sexual? ¿Qué tal, si decimos que la caridad es una actitud falsa y soberbia? ¿Cómo quedaría nuestra ya caducada sociedad si se convence de una vez por todas que somos el origen y fundamento de las leyes?

-No sigas, compañero, que me empachas. Tan buen menú merece un cuidado exquisito. Quedamos uno de estos días para almorzar -a cuenta del Congreso o del partido, por supuesto-, y profundizamos más. Te doy una idea mientras tanto: eso de la familia es demasiado “real”, ¿no? Un hombre, una mujer, un espermatozoide, un óvulo… ¡Y encima ese instinto maternal! ¡El colmo!

-No lo había pensado. Así, de paso, eliminamos a los sin techo. Que tiene huev… eso del portal de Belén. ¡Ah!, y que no se nos olvide: aprobado general a los niños, que eso es mejor que los Reyes Magos. Con que escriban su nombre y que cada cual es lo que le apetece, suficiente.

¿Enseñar la realidad? Mejor, manipular

Alegría y aprendizaje

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Hoy en día, el mundo de la educación parece haberse perdido en un laberinto de palabras mágicas: constructivismo, competencias, proceso, inteligencias múltiples y un largo etcétera. Supongo que es lo que se aprende en los grados de maestro en educación infantil y primaria, o en los másteres que habilitan para dar clase en secundaria.

Digo “supongo”, y sin embargo, doy clase en esos grados. Debe de ser porque echo en falta en sus programas una de las grandes lecciones que, hace ya muchos años, recibí del director del colegio en el que trabajaba: “en el colegio todos tienen que estar contentos”. Las palabras no son textuales, pero expresan la esencia de lo que me quiso decir. Y, es curioso, he utilizado la expresión de obligatoriedad “tener que”, como si estar contentos o hacer que los demás lo estén fuera una obligación.

De momento, me quedo con que es deber de una institución educativa crear las condiciones para que todos estén contentos. Y me atrevo a afirmar que es de las primeras exigencias que hay que tener en cuenta. Si el fin de una escuela o de un colegio es el aprendizaje, no se puede negar que un ambiente de convivencia alegre lo facilita enormemente, mientras que un ambiente de tristeza puede convertirlo en algo inalcanzable.

Un estilo de educación que preste al ambiente de convivencia alegre la atención que se merece pone en primer lugar la aceptación: las familias aceptan a las demás familias; los profesores y profesoras, a las familias tal y como son, a sus compañeros de trabajo, a sus alumnos y alumnas. Pero esta aceptación no se reduce a la tolerancia del discurso político actual. Muy al contrario, es una aceptación que a la vez admira, porque reconoce la singularidad, lo bueno que hay en nuestros semejantes, sean padres o madres, profesores o profesoras, alumnos o alumnas.

¿Qué más hace falta? Pienso que cariño. Toda persona desea ser reconocida y tratada con cariño. Y no hablo aquí de un cariño rosa, dulzón, acaramelado. Hablo de esa forma mágica que, respetando la intimidad y manteniendo la distancia debida en las relaciones sociales –hoy más necesaria que nunca, después de haber salido a la luz tantos abusos cometidos contra los niños–, es capaz de comunicar la acogida.

Sentirse acogido en una comunidad permite que se valoren mejor las normas de comportamiento cuyo fin es facilitar la vida a los demás, hacerla agradable. En tu escuela, en tu colegio, ¿se reconoce el valor de pedir perdón y de perdonar, de dar las gracias, de recoger un papel que ensucia el suelo y de usar los basureros, de no decir esas palabras malsonantes que llegan a hacer irrespirable el ambiente?

Y ya que estamos con preguntas: si alguien –un profesor, un alumno– tiene un problema, ¿tiene a quién acudir con la confianza de que esa persona, quizás un tutor, va a respetar la confidencialidad y a prestar su ayuda?

Son todas estas ideas nacidas de la experiencia profesional; y estoy seguro de que habitan la mente de muchos profesionales de la educación. Porque con los años se aprende a dar importancia a lo que realmente la tiene: por ejemplo, a perder el tiempo en conseguir un ambiente de convivencia sana, incluso alegre. Porque solo si partimos de la aceptación, el respeto y la acogida será posible que nazca en los alumnos la ilusión: la ilusión no solo por aprender, sino por aprender juntos.

Alegría y aprendizaje