Mirar la realidad es transitarla

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Para que pienses: ¿qué tiene que ver esto con la educación?

Parada de autobús. Dos de la tarde. Tráfico intenso. El 27 se encuentra parado. La rampa por la que descienden las sillas de ruedas -motorizadas o no- se ha vuelto a atascar: como ayer, como anteayer, como no sé cuántas veces. Y como el autobús no es capaz de introducirla nuevamente en su seno, y así poder cerrar las puertas, no hay manera de irse.

Detrás del 27, un autobús de otra línea espera, y detrás otro, y otro, y cada vez más. La gente espera y se desespera, se amontona en la parada; se abren las puertas del 27 y todos descienden, porque el conductor se ha dado por vencido. Como ayer, como anteayer, como no sé cuántas veces.

Pienso en los problemas que se acumulan porque no se solucionan, y en cómo se transforman en rutina nuestra de cada día. Se aceptan como enraizados ya. No nos importa siquiera que muchos de ellos hagan sangrar, asfixien e incluso maten.

Vuelvo los ojos a la parada, al 27 y a su rampa. Evidentemente, algún responsable en alguna oficina no es consciente de la que sucede. ¿Y si sale a la calle? ¿Y si viaja en autobús? ¿Y si se encuentra con el problema, lo identifica y pone en marcha a su equipo para que lo resuelva? El tal individuo tendría que salir a la calle, pisar las veredas que yo piso, hacer las esperas que yo hago.

Mirar la realidad es transitarla. Hoy aquí: un problema menos. Mañana, allá.

Mirar la realidad es transitarla

More than words, más que palabras

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Confieso que nunca esperé encontrarme con alguien que dijera:

No son “te quiero las labras que quiero escuchar de ti.

Y, sin embargo, esta es la queja que da vida a la canción More than words de Extreme. Algo así como:

No me digas “te quiero: ¡quiéreme!

Verdaderamente, la queja de la canción da para hablar, por ejemplo, del lenguaje vacío de los políticos, de la falsedad que subyace en tantas promesas como a menudo nos hacen, de la cercanía y el abrazo de nuestros seres queridos, o de la caricia fingida de un corazón en fuga y casi ausente. Y, da, a la vez, para hablar de lo que las palabras transmiten en el aula. Pienso ahora, tan solo, en dos situaciones.

La primera es la así llamada formación en valores. A menudo me he encontrado con una mera transmisión de tal o cual valor. El aprendizaje se reduce a lo meramente cognoscitivo: este es el valor, consiste en esto, aprécialo. Y, sin embargo, nos olvidamos de que el valor, como valor que es, exige vivirlo. Pero, ¿cómo hacerlo, si en las últimas décadas hemos desterrado del aula la noción de virtud, del hábito que nos predispone a hacer real lo que vale la pena, aunque nos cueste? ¡No te quedes en las palabras! -parece decirnos el valor-: ¡Hazme presente en tu mundo! Y surge de este imperativo la necesidad de abrir los ojos para orientar y acompañar, en las distintas situaciones que se dan en la vida diaria, la adquisición de la virtud, del hábito de comportarse de acuerdo con los valores.

La segunda situación en la que pienso es la enseñanza de cualquier ciencia. Y empleo a propósito el verbo “enseñar”, porque se ha hecho tanto énfasis en el aprendizaje del alumno que nos hemos olvidado de que este desconoce el universo sin límites de sus posibles aprendizajes, y necesita, por tanto, la palabra de quien educa. La palabra, aquí, posee un significado pleno, verdadero, pues comunica la realidad. En este sentido, el discurso no se reduce a meras palabras, porque el maestro entrega, invita a descubrir, more than words, más que palabras.

Son apenas dos situaciones educativas, pero la letra de Extreme nos invita a explorar muchas más. Al fin y al cabo, habla de lo que más importa: el amor.

Letra de la canción More than words, de Extreme, en inglés (english lyrics)

Saying “I love you”
Is not the words I want to hear from you
It’s not that I want you not to say
But if you only knew
How easy it would be
To show me how you feel

More than words
Is all you have to do
To make it real
Then you wouldn’t have to say
That you love me
Because I’d already know

What would you do
If my heart was torn in two?
More than words to show you feel
That your love for me is real

What would you say
If I took those words away?
Then you couldn’t make things new
Just by saying “I love you”
More than words…

Now that I’ve tried to talk to you
And make you understand
All you have to do is close your eyes
And just reach out your hands
And touch me
Hold me close
Don’t ever let me go

More than words
Is all I ever needed you to show
Then you wouldn’t have to say
That you love me
Because I’d already know

What would you do
If my heart was torn in two?
More than words to show you feel
That your love for me is real

What would you say
If I took those words away?
Then you couldn’t make things new
Just by saying “I love you”

Extreme – More than words

More than words, más que palabras

¿Enseñar la realidad? Mejor, manipular

La realidad es tozuda. Quizás porque es lo único que hay. Quizás porque es como es, y tiene sus normas.

Esto lo saben muy bien los que se dedican a las ciencias positivas y a la técnica. No se puede atornillar un tornillo con un martillo, ni medir un átomo con una cinta métrica. Tampoco mandar una sonda a Marte decidiendo a capricho que dos más dos son cinco.

Y, sin embargo, parece como si en este momento de la historia que nos ha tocado vivir, nos empeñáramos en que somos como no somos, resultado de un cálculo cuyas reglas escogemos a capricho.

Lo preocupante no es esto. Al fin y al cabo, cada cual es muy libre de pensar lo que nuestro corto intelecto nos permite. Pero esto no justifica que los demás estemos obligados a seguirle en su desvarío.

Curiosamente, esto es lo que parece imperar en las aulas: la realidad que estudiamos en ciencia como las matemáticas o las ciencias físicas exige la búsqueda de la exactitud: o sea, respeto por esa realidad; sin embargo, la que se estudia en las ciencias humanas es pluriforme, cambiante, huidiza.

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Ya se ve que enseñar esto -lo pluriforme, cambiante y huidizo- acaba reduciéndose a enseñar lo que al profesor le viene en gana: al fin y al cabo, si no puedo enseñar nada, enseño lo que quiero. Y, sin embargo, el profesor suele ser una buena persona, bienintencionada, que solo quiere lo mejor para sus alumnos. Por eso sería más exacto decir que se acaba enseñando lo que a quien detenta el poder le interesa. Por ejemplo, concepciones del ser humano que sometan a los alumnos, futuros adultos, a las férreas cadenas de la mentira, de la desunión -¡faltaría más!, no vaya a ser que los ciudadanos se organicen y empiecen a pensar por su cuenta- o de ese afán de consumo que tan bien les viene a las multinacionales.

-Así que, amigo mío -y perdona que use una palabra tan gastada como “amigo”-, ¿qué tal si fomentamos un poco el instinto -mejor dicho, consumo- sexual? ¿Qué tal, si decimos que la caridad es una actitud falsa y soberbia? ¿Cómo quedaría nuestra ya caducada sociedad si se convence de una vez por todas que somos el origen y fundamento de las leyes?

-No sigas, compañero, que me empachas. Tan buen menú merece un cuidado exquisito. Quedamos uno de estos días para almorzar -a cuenta del Congreso o del partido, por supuesto-, y profundizamos más. Te doy una idea mientras tanto: eso de la familia es demasiado “real”, ¿no? Un hombre, una mujer, un espermatozoide, un óvulo… ¡Y encima ese instinto maternal! ¡El colmo!

-No lo había pensado. Así, de paso, eliminamos a los sin techo. Que tiene huev… eso del portal de Belén. ¡Ah!, y que no se nos olvide: aprobado general a los niños, que eso es mejor que los Reyes Magos. Con que escriban su nombre y que cada cual es lo que le apetece, suficiente.

¿Enseñar la realidad? Mejor, manipular

Alegría y aprendizaje

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Hoy en día, el mundo de la educación parece haberse perdido en un laberinto de palabras mágicas: constructivismo, competencias, proceso, inteligencias múltiples y un largo etcétera. Supongo que es lo que se aprende en los grados de maestro en educación infantil y primaria, o en los másteres que habilitan para dar clase en secundaria.

Digo “supongo”, y sin embargo, doy clase en esos grados. Debe de ser porque echo en falta en sus programas una de las grandes lecciones que, hace ya muchos años, recibí del director del colegio en el que trabajaba: “en el colegio todos tienen que estar contentos”. Las palabras no son textuales, pero expresan la esencia de lo que me quiso decir. Y, es curioso, he utilizado la expresión de obligatoriedad “tener que”, como si estar contentos o hacer que los demás lo estén fuera una obligación.

De momento, me quedo con que es deber de una institución educativa crear las condiciones para que todos estén contentos. Y me atrevo a afirmar que es de las primeras exigencias que hay que tener en cuenta. Si el fin de una escuela o de un colegio es el aprendizaje, no se puede negar que un ambiente de convivencia alegre lo facilita enormemente, mientras que un ambiente de tristeza puede convertirlo en algo inalcanzable.

Un estilo de educación que preste al ambiente de convivencia alegre la atención que se merece pone en primer lugar la aceptación: las familias aceptan a las demás familias; los profesores y profesoras, a las familias tal y como son, a sus compañeros de trabajo, a sus alumnos y alumnas. Pero esta aceptación no se reduce a la tolerancia del discurso político actual. Muy al contrario, es una aceptación que a la vez admira, porque reconoce la singularidad, lo bueno que hay en nuestros semejantes, sean padres o madres, profesores o profesoras, alumnos o alumnas.

¿Qué más hace falta? Pienso que cariño. Toda persona desea ser reconocida y tratada con cariño. Y no hablo aquí de un cariño rosa, dulzón, acaramelado. Hablo de esa forma mágica que, respetando la intimidad y manteniendo la distancia debida en las relaciones sociales –hoy más necesaria que nunca, después de haber salido a la luz tantos abusos cometidos contra los niños–, es capaz de comunicar la acogida.

Sentirse acogido en una comunidad permite que se valoren mejor las normas de comportamiento cuyo fin es facilitar la vida a los demás, hacerla agradable. En tu escuela, en tu colegio, ¿se reconoce el valor de pedir perdón y de perdonar, de dar las gracias, de recoger un papel que ensucia el suelo y de usar los basureros, de no decir esas palabras malsonantes que llegan a hacer irrespirable el ambiente?

Y ya que estamos con preguntas: si alguien –un profesor, un alumno– tiene un problema, ¿tiene a quién acudir con la confianza de que esa persona, quizás un tutor, va a respetar la confidencialidad y a prestar su ayuda?

Son todas estas ideas nacidas de la experiencia profesional; y estoy seguro de que habitan la mente de muchos profesionales de la educación. Porque con los años se aprende a dar importancia a lo que realmente la tiene: por ejemplo, a perder el tiempo en conseguir un ambiente de convivencia sana, incluso alegre. Porque solo si partimos de la aceptación, el respeto y la acogida será posible que nazca en los alumnos la ilusión: la ilusión no solo por aprender, sino por aprender juntos.

Alegría y aprendizaje