Espacios

Hace ya unos diez años, encontré en el patio a Alessandro, que por entonces cursaba sus primeros años de secundaria. Estaba de pie, y miraba en silencio un parque con árboles recién plantados al otro lado de una valla. De vez en cuando, se volvía y recorría con la mirada el patio y los edificios del colegio, y su gesto no era precisamente alegre.

Me acerqué a él.

-¿En qué piensas? -le pregunté.

-Profesor, ¿te has dado cuenta? -me contestó-: no hay árboles, este colegio solo tiene losas y cemento. Es como estar en un desierto.

Peor que en un desierto, pensé para mis adentros. Y me acordé no solo del patio y los edificios, sino de los pupitres y sillas de las aulas formando una cuadrícula perfecta.

Años atrás, había estado en un colegio que conocí en construcción permanente, completando año tras año sus edificios. Y cada nueva construcción significaba la desaparición de un árbol o de una superficie de césped. Los espacios exteriores que en un principio tanto me habían atraído terminaron por transformarse en un desierto, con el agravante de que sus aulas parecían mausoleos y sus sillas y pupitres salas de espera para la cremación.

Por eso me atraen tanto las iniciativas que algunas instituciones tienen en lo que se refiere al espacio: sustitución de aulas por espacios abiertos centrados en los tipos de aprendizaje; mesas pensadas para el trabajo en equipo y, a la vez, aptas para configuraciones espaciales diversas; asientos cómodos y ergonómicos; exteriores verdes y naturales.

Esta ruptura con los espacios aúlicos a los que estamos acostumbrados debe ir acompañada de una paralela con el sistema educativo imperante, que hace imposible la diversidad, precisamente por su miedo a la autonomía y a la iniciativa personal (las cuales, desde mi punto de vista, no se oponen a la igualdad de oportunidades, sino que la enriquecen).

Alessandro era -y es- una persona muy creativa. Una de esas en la que depositaría mis esperanzas, si -con los años- llegara a ser ministro de Educación.

Espacios

Ciencia y ficción, ¿ciencia-ficción?

Una de las ventajas del Open Access es la posibilidad de descubrir, gracias al azar de una búsqueda, auténticas joyas académicas. Una de ellas es el artículo “Entre ficción y ciencia: El uso de la narrativa en la enseñanza de la ciencia”, de Andrea Chapela.

Lo que plantea Chapela lo resume a la perfección el título: el empleo de la narrativa en la enseñanza de las ciencias. Claro que, antes, nos hace dudar de la verdad de lo que nos va a contar, al mencionar el componente de ficción que suele tener el discurso narrativo: al fin y al cabo -pensaremos- a la hora de acceder a la universidad no nos van a pedir que expliquemos cómo funcionaba la máquina del tiempo, la de la novela de Wells, sino que resolvamos un problema real de física o demos cuenta de las propiedades de un átomo de hidrógeno.

Sigue leyendo mi entrada en UNIR Revista

Ciencia y ficción, ¿ciencia-ficción?

Assange, holograma 3D: la narración y la creatividad

Creo que fue a fines de septiembre cuando leí la noticia: Julian Assange, refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, acababa de dar una conferencia sobre tecnología en Estados Unidos. No tardé mucho en tuitear un “¡Genial!”, junto con los enlaces a las imágenes y vídeos que probaban la verdad del hecho.

Lo sorprendente es que Assange no había salido de Londres, y menos aún de la embajada; y, sin embargo, se le veía muy a gusto contestando parloteando en Massachusetts, sentado en una silla igual a la de su acompañante. ¿Bilocación? Sí y no: sí, porque nuestro personaje estaba en dos lugares al mismo tiempo; no, porque, como en los espectáculos de magia, la desobediencia a las leyes de la física tenía truco. La comprensión del fenómeno, por tanto, recluía mi sorpresa a los primeros momentos.

Y, sin embargo, la expresión que se me escapó fue: “¡Genial!”. Y es que no estaba pensando en la bilocación, sino en la creatividad. El truco empleado era, nada más y nada menos, el holograma: una realidad ficticia a la que mi generación se acostumbró a bordo de las naves interestelares de Star Wars. Ficticia porque, a pesar de que sus orígenes se remontan a la mitad del siglo pasado, hasta hace relativamente poco habitaba, tal y como la imaginamos, en un relato. Real, porque, a pesar de no escapar aún de la proyección desde una pantalla (por algo el acompañante mira al suelo de vez en cuando), el truco parece funcionar. Vislumbro en esto la primacía de la imaginación y de la narración sobre la técnica: al fin y al cabo, ambas comparten la palabra invención.

La pregunta que ahora me hago es: ¿ocupa la narración por derecho propio un lugar privilegiado en el proceso educativo? Yo pienso que sí. Porque la narración, la invención de historias, nos hace dueños del espacio y del tiempo, al convertirlos en campo en el que jugar a provocar encuentros creativos, de los que surjan multitud de posibilidades.

Son estas, como ves, pocas líneas como para profundizar en el fenómeno narrativo en relación con la educación. Insuficientes, incluso, para mencionar otras dos fuentes de conocimiento y creatividad: la poesía y la metáfora. Pero espero que hayan servido para presentarme ante ti como un holograma e iniciar una conversación que rompa los límites cotidianos del tiempo y del espacio.

Assange, holograma 3D: la narración y la creatividad

Finalidad e instrumento

Hace un par de años, en un congreso sobre tecnologías emergentes, se me reveló la nueva modalidad del sujeto multipantalla: aquél que es capaz de manejar en un mismo momento un smartphone y una tablet, a la vez que mira la televisión en el sofá de su casa. Al principio me sorprendió saber que existía este ser tan curioso, hasta que me descubrí a mí mismo una tarde de sábado, siguiendo en la televisión una película mientras tecleaba en mi tablet, con mi smartphone avisándome de mensajes entrantes. ¿Los libros?: en sus cada vez más lejanos estantes; incluso en las bibliotecas, en donde el portátil o el lector de e-books acaba por postergar ejemplares.

El torbellino del cambio requiere calma. Frente al espejo del baño, apoyado en el lavabo con la cara aún húmeda, tras echarse agua para despertar de la pesadilla, uno se pregunta: “¿qué me está sucediendo?”.

Mi querido Aristóteles, ya me he salido de esta autopista tan vertiginosa, y me he sentado unos metros más allá bajo un árbol solitario. Bebo aún de tu mirada tan limpia, de tu amor por la realidad, de tu sentido común. Tu noción de instrumento hace que brote nuevamente el optimismo perdido. Porque, de acuerdo a esa noción, el ser humano está antes: así de simple.

Vuelvo a las TIC y al sujeto multipantalla. Pienso en nuestros jóvenes estudiantes, cautivos de mundos virtuales. ¿Aprenden a pensar, a valorar sus propios sentimientos, a relacionarse, a disfrutar en común, a proyectar? Este aprendizaje previo, ¿les permite usar las TIC como prolongación de sí mismos, como instrumento para su acción? ¿Son capaces de cambiar un ordenador portátil por un martillo cuando la acción lo requiere? ¿O por un libro? ¿O por un lápiz?

Del hombre nace la finalidad; de la finalidad, la acción; de la acción, la necesidad; de la necesidad, el instrumento.

Finalidad e instrumento