Espacios

Hace ya unos diez años, encontré en el patio a Alessandro, que por entonces cursaba sus primeros años de secundaria. Estaba de pie, y miraba en silencio un parque con árboles recién plantados al otro lado de una valla. De vez en cuando, se volvía y recorría con la mirada el patio y los edificios del colegio, y su gesto no era precisamente alegre.

Me acerqué a él.

-¿En qué piensas? -le pregunté.

-Profesor, ¿te has dado cuenta? -me contestó-: no hay árboles, este colegio solo tiene losas y cemento. Es como estar en un desierto.

Peor que en un desierto, pensé para mis adentros. Y me acordé no solo del patio y los edificios, sino de los pupitres y sillas de las aulas formando una cuadrícula perfecta.

Años atrás, había estado en un colegio que conocí en construcción permanente, completando año tras año sus edificios. Y cada nueva construcción significaba la desaparición de un árbol o de una superficie de césped. Los espacios exteriores que en un principio tanto me habían atraído terminaron por transformarse en un desierto, con el agravante de que sus aulas parecían mausoleos y sus sillas y pupitres salas de espera para la cremación.

Por eso me atraen tanto las iniciativas que algunas instituciones tienen en lo que se refiere al espacio: sustitución de aulas por espacios abiertos centrados en los tipos de aprendizaje; mesas pensadas para el trabajo en equipo y, a la vez, aptas para configuraciones espaciales diversas; asientos cómodos y ergonómicos; exteriores verdes y naturales.

Esta ruptura con los espacios aúlicos a los que estamos acostumbrados debe ir acompañada de una paralela con el sistema educativo imperante, que hace imposible la diversidad, precisamente por su miedo a la autonomía y a la iniciativa personal (las cuales, desde mi punto de vista, no se oponen a la igualdad de oportunidades, sino que la enriquecen).

Alessandro era -y es- una persona muy creativa. Una de esas en la que depositaría mis esperanzas, si -con los años- llegara a ser ministro de Educación.

Espacios

Se per miracolo

Hemos despedido el 2022 con discursos varios de figuras relevantes en el ámbito de cada país. En ellos, se suele hacer un repaso de lo vivido en el año que muere, y se expresan deseos que, de tan buenos, espero que sean sinceros. Yo, figura relevante para quien, a pesar de los pesares, me quiere, también quiero sacar lo que llevo en el corazón y deseo a todos, especialmente a los que nuestras acomodadas sociedades se niegan a mirar: los que sufren, niños, ancianos, mujeres, familias enteras, y que están ahí, a cuatro paradas de metro o a ninguna. Y, por supuesto, a quien amo.

Nada mejor para hacerlo que esta maravillosa canción, interpretada por ese pedazo de cielo que es el Piccolo Coro dell’Antoniano.

Se per miracolo