¿Un milagro de la primavera?

Era el curso académico 1986-1987. Estudiantes de toda España nos movilizamos para pedir la renuncia del ministro de Educación en España. Yo me apunté, por supuesto: la juventud es época de ideales, de ilusión, y mis queridas Humanidades se veían amenazadas tanto en la enseñanza secundaria como en la Universidad. A muchos les sonará extraño que no nos manifestáramos por la gratuidad de la enseñanza: pero es que, en aquellos tiempos, los estudios eran mucho más accesibles que ahora.

Me acuerdo que hicimos, los amigos de la facultad, un pacto de aprobar todas las asignaturas en la primera convocatoria. Había que demostrar que no éramos unos vagos, que los paros no eran una excusa, que hacíamos aquello porque era nuestra obligación. Y me metí clase por clase a convocar a los estudiantes de Filosofía y Letras de mi querida Complutense a la huelga.

Creo que duró como cuatro meses. En una de las manifestaciones, aprendí a correr frente a la policía. En otra ocasión, una oportuna y providencial huida por el bar de profesores privó a los antidisturbios de cebarse en mis espaldas y las de mis amigos con sus cachiporras.

El ministro, al fin, cayó. Pero yo ya me había retirado de las movilizaciones. Una mañana, en el bar de la facultad, uno de mis compañeros leía un extracto bancario. Le pregunté, no sé a cuento de qué, qué era. Y él, en un momento de sinceridad que no volvió nunca a repetir frente a mí, me confesó que eran pagos del Partido Comunista de España.

Me sentí engañado, estafado, manipulado. Sentí que, sin saberlo, había engañado a muchos compañeros al decir que las movilizaciones eran apolíticas. Nunca jamás he participado de otras, a no ser que sean en defensa de la dignidad humana.

Hoy, la enseñanza en España sigue siendo, como entonces, una máquina de instruir empleados para las empresas y de conseguir dóciles ciudadanos que compren, voten y callen. Las Humanidades han sido arrasadas. La Universidad es una especie de instituto de formación profesional de mentes sin criterio. El profesor es un número, una cifra, una variable que tiene que cuadrar en el presupuesto.

Y, mientras, sigo pensando que si en todos estos años hubiera encontrado movimientos apartidarios, abarcantes, preocupados por las personas y no por las ideologías, todas ellas criminales, me hubiera incorporado a ellos con entusiasmo, y hubiera dado la batalla por este tesoro violado, masacrado, vituperado que es hoy la educación. A la entrada de la que considero que es la etapa definitiva de la vida, todavía, como el poeta, espero “otro milagro de la primavera” (A. Machado).

Imagen: By Vassil (Own work) [CC BY 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)%5D, via Wikimedia Commons

¿Un milagro de la primavera?

2 comentarios en “¿Un milagro de la primavera?

  1. Qué excelente anécdota, estimado y querido Prof. Ignacio “Nacho” Roldán. Y qué linda reflexión final, que autoriza a esta primavera estudiantil paraguaya, a no perder la esperanza. En mi reflexión personal sobre el texto que nos compartís, creo no equivocarme al concluir que, en caso de existir intrusiones mezquinas, o no genuinas con la causa inicial pura, o con “intereses ideológico$”, esto no necesariamente deslegitima al movimiento en general. Corregime si me equivoco.

    En segundo lugar: un noble y entrañable compromiso, digno de imitar: “hicimos, los amigos de la facultad, un pacto de aprobar todas las asignaturas en la primera convocatoria. Había que demostrar que no éramos unos vagos, que los paros no eran una excusa, que hacíamos aquello porque era nuestra obligación.”. El verdadero motivo, es el genuino interés por la excelencia académica.

    PD: ¿antes de llegar corriendo al bar de los profes… cuantas veces ligaste? 😉

    Fuerte abrazo mi querido profe!!!

    1. Josemaría: empiezo por corregirte, si me permites: el verdadero motivo no es la excelencia académica, sino la persona humana. La excelencia es un medio, mientras que la persona es un fin en sí mismo. De ahí que la educación sea una lucha constante -bueno, más bien un diálogo- por responder a las exigencias de esa dignidad. Me gusta la palabra excelencia porque, bien entendida, nos recuerda el crecimiento sin límites de la persona humana, su búsqueda de la perfección, de la plenitud; pero, a la vez, me da miedo, porque en el contexto de la sociedad actual muchos lo entienden como una competencia cuyo fin es ser el mejor, incluso a costa de los demás.

      En cuanto a los que buscan pescar en río revuelto, que los hay (hay una organización en el movimiento estudiantil que se define a sí misma en Facebook como organización política), me dan pánico. Mi experiencia es que, para ellos, la ideología y los intereses partidarios están por encima del bien general. A esos hay que decirles claramente que participen de la movilización bajo una única bandera, una que sea capaz de aunar a todos, que represente a todos más allá de las ideologías. Y si no, que se vayan por su cuenta a hacer lo que quieran. La ilusión es joven, y ellos son una casta tan vieja como la de aquellos que están viéndose obligados a renunciar. Por eso, mi deseo es que gane la juventud, la que es capaz de establecer lazos por un futuro mejor sin discriminar a nadie. Así no sufrirán el desencanto de muchos de mi generación. P.D.: No ligué ni una. Tampoco cuando Lino Oviedo me metió preso en la caballería, una triste noche de 1991 (bueno, nos metió, que otro profesor compartió cautiverio conmigo: y todo por venirnos caminando desde Areguá a Asunción por la vía férrea). Un fortísimo abrazo desde estas tierras baldías más allá del mar

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