Enséñame, pero bonito

Os paso un documental sobre distintas experiencias alternativas al modelo de aprendizaje al que estamos acostumbrados. Últimamente busco en ellas inspiración. Céline Hameury es conocida mía, y puedo hablar de su competencia y su entusiasmo desde el método Montessori (corriente a la que ella representa en el documental).

Enséñame, pero bonito

Alegría y aprendizaje

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Hoy en día, el mundo de la educación parece haberse perdido en un laberinto de palabras mágicas: constructivismo, competencias, proceso, inteligencias múltiples y un largo etcétera. Supongo que es lo que se aprende en los grados de maestro en educación infantil y primaria, o en los másteres que habilitan para dar clase en secundaria.

Digo “supongo”, y sin embargo, doy clase en esos grados. Debe de ser porque echo en falta en sus programas una de las grandes lecciones que, hace ya muchos años, recibí del director del colegio en el que trabajaba: “en el colegio todos tienen que estar contentos”. Las palabras no son textuales, pero expresan la esencia de lo que me quiso decir. Y, es curioso, he utilizado la expresión de obligatoriedad “tener que”, como si estar contentos o hacer que los demás lo estén fuera una obligación.

De momento, me quedo con que es deber de una institución educativa crear las condiciones para que todos estén contentos. Y me atrevo a afirmar que es de las primeras exigencias que hay que tener en cuenta. Si el fin de una escuela o de un colegio es el aprendizaje, no se puede negar que un ambiente de convivencia alegre lo facilita enormemente, mientras que un ambiente de tristeza puede convertirlo en algo inalcanzable.

Un estilo de educación que preste al ambiente de convivencia alegre la atención que se merece pone en primer lugar la aceptación: las familias aceptan a las demás familias; los profesores y profesoras, a las familias tal y como son, a sus compañeros de trabajo, a sus alumnos y alumnas. Pero esta aceptación no se reduce a la tolerancia del discurso político actual. Muy al contrario, es una aceptación que a la vez admira, porque reconoce la singularidad, lo bueno que hay en nuestros semejantes, sean padres o madres, profesores o profesoras, alumnos o alumnas.

¿Qué más hace falta? Pienso que cariño. Toda persona desea ser reconocida y tratada con cariño. Y no hablo aquí de un cariño rosa, dulzón, acaramelado. Hablo de esa forma mágica que, respetando la intimidad y manteniendo la distancia debida en las relaciones sociales –hoy más necesaria que nunca, después de haber salido a la luz tantos abusos cometidos contra los niños–, es capaz de comunicar la acogida.

Sentirse acogido en una comunidad permite que se valoren mejor las normas de comportamiento cuyo fin es facilitar la vida a los demás, hacerla agradable. En tu escuela, en tu colegio, ¿se reconoce el valor de pedir perdón y de perdonar, de dar las gracias, de recoger un papel que ensucia el suelo y de usar los basureros, de no decir esas palabras malsonantes que llegan a hacer irrespirable el ambiente?

Y ya que estamos con preguntas: si alguien –un profesor, un alumno– tiene un problema, ¿tiene a quién acudir con la confianza de que esa persona, quizás un tutor, va a respetar la confidencialidad y a prestar su ayuda?

Son todas estas ideas nacidas de la experiencia profesional; y estoy seguro de que habitan la mente de muchos profesionales de la educación. Porque con los años se aprende a dar importancia a lo que realmente la tiene: por ejemplo, a perder el tiempo en conseguir un ambiente de convivencia sana, incluso alegre. Porque solo si partimos de la aceptación, el respeto y la acogida será posible que nazca en los alumnos la ilusión: la ilusión no solo por aprender, sino por aprender juntos.

Alegría y aprendizaje